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Introducción completa
Introducción completa
A lo largo de los tiempos, pero sobre todo en los últimos siglos y más aún en las últimas décadas, el ser humano ha logrado comprender a fondo las características y los principios de funcionamiento de la mayoría de los elementos que rodean su existencia. Pero a los humanos nos queda todavía una gran asignatura pendiente: la comprensión del funcionamiento de nuestra propia mente.
El funcionamiento de la mente humana es altamente complejo. Mediante la observación del comportamiento humano se puede deducir que este se genera a partir de la interacción de diferentes tipos de procesamientos mentales. Porque mientras algunos comportamientos tienen claramente su origen en la reflexión racional, es fácil apreciar como otros comportamientos están basados en activaciones espontáneas no racionales, que bien han podido establecerse genéticamente o mediante la experiencia y aprendizaje del individuo.
El problema añadido es que estos dos tipos de procesamiento (racional y espontáneo) no se presentan de manera aislada, sino que en la mayoría de los casos se mezclan continuamente en proporciones cambiantes, lo que dificulta enormemente su identificación y su estudio. Por otro lado, el cerebro humano dispone de diferentes sistemas de regulación como, por ejemplo, las emociones, que influyen fuertemente sobre nuestros comportamientos. Esta complejidad de funcionamiento hace que la exposición a un mismo estímulo no siempre produzca el mismo comportamiento en el mismo individuo. Y, por otro lado, en la observación del ser humano se puede también apreciar como un mismo comportamiento puede estar provocado por diferentes estímulos.
Además de la observación externa, la introspección del individuo analizando su propio comportamiento también está sujeta a importantes limitaciones. Un claro ejemplo lo podemos encontrar en todos los procesamientos mentales que realizamos al mover nuestro cuerpo. Resulta evidente que, al menos, una parte de las activaciones musculares que realizamos cuando nos movemos responden a procesamientos autónomos no racionales, ya que sería imposible coordinar de manera racional la multitud de activaciones que realizamos cuando llevamos a cabo movimientos complejos y rápidos. Pero los movimientos corporales tampoco son completamente autónomos, porque desde la voluntad racional podemos también ordenar o inhibir ciertos movimientos, lo que incide de nuevo en la gran interacción que se produce en los procesamientos cerebrales que generan nuestro comportamiento.
A pesar de todas estas dificultades, en los últimos años se han producido importantes avances que están permitiendo a los científicos comprender muchos aspectos del funcionamiento del cerebro humano y del de otros animales. Las últimas técnicas de neuroimagen permiten distinguir en tiempo real qué áreas de nuestro cerebro están interviniendo en diferentes comportamientos llevados a cabo por los individuos examinados. Otra valiosa fuente de información para los científicos es el estudio de los efectos de las lesiones cerebrales que se producen en pacientes aquejados de diferentes patologías. En algunos casos como, por ejemplo, en los traumatismos craneoencefálicos o en los ictus isquémicos, la funcionalidad de algunas áreas cerebrales puede quedar afectada de forma temporal o permanente. Por otro lado, el tratamiento de algunas patologías como, por ejemplo, la extirpación de tumores cerebrales, exige la resección quirúrgica de parte del tejido cerebral sano circundante, lo que también permite estudiar sus efectos.
A partir de todos estos estudios, los científicos han podido identificar qué áreas de nuestro cerebro están implicadas en las diferentes actividades que llevamos a cabo. También han podido comprobar que en la realización de la mayoría de estas actividades intervienen diferentes estructuras y áreas de nuestro cerebro, lo que supone una importante complicación a la hora de establecer conclusiones sobre el papel concreto que juega cada una de ellas, además de ratificar la ya comentada complejidad que se aprecia mediante la observación directa del comportamiento humano.
Los científicos también han podido confirmar la complejidad y amplitud de nuestro cerebro, que está compuesto por decenas de miles de millones de neuronas, interconectadas entre sí mediante billones de conexiones sinápticas. Además, el sistema de comunicación interneuronal presenta una gran flexibilidad, entre otros motivos porque cada neurona puede recibir simultáneamente múltiples señales procedentes de otras neuronas. Esta gran amplitud y complejidad de nuestro cerebro hace que, al menos de momento, no se pueda desentrañar el funcionamiento de nuestra mente rastreando de forma directa las conexiones neuronales que producen las distintas actividades que realizamos los seres humanos.
Debido a esta gran interconexión que presenta el tejido neuronal, es de suponer que las transmisiones neuronales no siguen siempre una determinada dirección o patrón, pudiendo variar su itinerario dentro de la grandísima red tridimensional que constituye nuestro cerebro en función de diferentes factores. Esto explicaría en parte la ya comentada variabilidad y complejidad del comportamiento humano.
Pero para poder establecer conclusiones más definitivas, se necesitaría poder rastrear de manera directa las conexiones neuronales que componen nuestros procesamientos y comportamientos, para poder así descifrarlos y entenderlos más a fondo. Y mientras la neurociencia no consiga desarrollar las tecnologías que nos permitan este mayor grado de precisión en el seguimiento de la actividad neuronal, sigue quedando un gran espacio para la especulación y para el establecimiento de hipótesis mediante la observación y el análisis de nuestro comportamiento.
Históricamente se han establecido diferentes hipótesis que han intentado, con mayor o menor acierto, explicar la totalidad o al menos una parte de nuestro comportamiento. El problema es que, debido a las complejidades ya comentadas, las hipótesis que se han ido estableciendo no han conseguido un gran consenso, llegando a generar importantes controversias y corrientes de pensamiento que en algunos casos se podrían considerar casi opuestas o antagónicas.
A pesar de la falta de acuerdo, el funcionamiento de la mente es el que es, y es el mismo para todos los seres humanos. Lo que parece evidente es que un funcionamiento tan complejo no se podrá entender y explicar mediante fórmulas o planteamientos excesivamente simples. Una hipótesis medianamente acertada deberá contemplar y entender los diferentes departamentos, mecanismos y tipos de procesamiento que se desprenden de la observación del complejo funcionamiento de nuestra mente.
En esta obra vamos a realizar múltiples reflexiones que derivarán en el establecimiento de algunas hipótesis sobre la supuesta estructura y funcionamiento de nuestra mente. Es sabido que el método científico consta, básicamente, de cuatro fases: observación, establecimiento de hipótesis, validación empírica (experimentación) y establecimiento de teorías. En esta obra llegaremos solo a cubrir las dos primeras fases: observación y establecimiento de hipótesis, por lo que resulta obvio que todo lo expresado aquí carecerá de cualquier valor científico. Pero esto no impide que las reflexiones e hipótesis que vamos a establecer en esta obra puedan resultar en cierto modo novedosas e interesantes para aquellas personas que sienten curiosidad por el funcionamiento de nuestra mente y todos los interrogantes y controversias que este funcionamiento genera.
Las reflexiones que vamos a establecer girarán en torno a dos ejes. Uno de ellos es la separación entre los procesamientos racionales y los procesamientos de carácter autónomo o intuitivo que se pueden apreciar en multitud de los comportamientos que desarrolla el ser humano. El otro eje es el análisis de qué es y para qué sirve la consciencia, así como la identificación de qué procesamientos se producen supuestamente en ella y cuáles se llevan a cabo fuera de la misma.
Pero antes de continuar explicando el contenido de la obra toca presentar a su autor. Normalmente este tipo de obras las escriben investigadores o profesionales que, de una forma u otra, están relacionados con el estudio del comportamiento del ser humano: psicólogos, psiquiatras, neurocirujanos, neurobiólogos, sociólogos, antropólogos, etc. Pero para decepción del lector, yo soy solo un simple profesor de música. ¿Y qué hace un profesor de música escribiendo sobre un tema tan complejo y controvertido como este? Eso mismo me he preguntado yo muchas veces. Para intentar explicarlo me voy a remitir a un episodio de mi infancia que creo que fue el detonante de todo.
Cuando tenía unos 13 años, un profesor en el colegio nos habló un día sobre algo que llamó mucho mi atención: la división del cerebro entre una parte consciente y otra no consciente o subconsciente. El caso es que fueron unas breves explicaciones que obviamente no formaban parte del programa educativo de la época (era la década de los 80), y que el profesor comentó a título anecdótico en una especie de debate informal que trataba sobre otros temas.
La cuestión es que yo era un niño bastante curioso y después de aquella explicación me dedicaba de vez en cuando a intentar identificar qué parte de mis comportamientos los realizaba de forma consciente y qué parte no. Como los comentarios del profesor fueron bastante exiguos, no llegó a explicarnos la visión de Sigmund Freud sobre la relación del inconsciente con las vivencias traumáticas reprimidas, de la cual no tuve noticias hasta bastantes años más tarde.
Ajeno a esta visión freudiana, mis observaciones iban dirigidas a cualquier acto o comportamiento cotidiano, intentando discriminar la parte consciente de la no consciente. Recuerdo, por ejemplo, mis propias reflexiones acerca de lo nervioso que me ponía antes de marcar el número de teléfono de una chica que me gustaba para quedar con ella. Me daba cuenta de que esos nervios mermaban mis capacidades comunicativas, y de que por fuerza debían tener un origen autónomo y no consciente porque desde mi voluntad consciente y racional intentaba desactivarlos sin demasiado éxito.
También me recuerdo comentando con mis amigos algunas de mis reflexiones acerca del carácter no consciente que tenían los movimientos que realizábamos cuando jugábamos al ping-pong, aludiendo a la falta de conocimiento racional que teníamos de los mismos y a su aparente carácter intuitivo y espontáneo. Como es de suponer, mis amigos no compartían mi interés por este tipo de cuestiones y yo solía dar por terminada la conversación antes de que comenzaran a dudar de mi cordura.
Durante mi formación musical también tuve la oportunidad de discriminar la actividad consciente de la no consciente, relacionada tanto con aspectos psicomotrices como con otros aspectos como la lectura de partituras o la improvisación. Recuerdo comentando con algún otro estudiante de música la gran diferencia que se establecía cuando en nuestras improvisaciones utilizábamos combinaciones de fórmulas preestablecidas de forma racional y consciente, y cuando, por el contrario, nos abandonábamos a nuestra intuición intentando simplemente tocar las melodías que escuchábamos en nuestra mente sin entender las reglas rítmicas o armónicas que las constituían.
Con los años, llegué a diferenciar bastante bien qué parte de nuestros comportamientos era coordinada por procesamientos racionales y conscientes, y qué parte era fruto de procesamientos autónomos o intuitivos generados fuera de nuestra consciencia. También pude identificar la estrecha relación que existía entre estos dos tipos de procesamiento, ya que muchos de los comportamientos analizados presentaban una mezcla de ambos tipos, que, además, podía presentarse en distintas proporciones según cada caso y cada momento. Asimismo, pude apreciar que los procesamientos autónomos no conscientes se originaban a partir de la información sensorial que se exponía en la consciencia, y que también se enviaba a esta el producto final de estos procesamientos, en una compleja e imbricada relación.
Durante los primeros años, para mí estas observaciones no suponían más que una mera afición a la que me dedicaba esporádicamente y de manera espontánea, pero paulatinamente mi interés por estos temas fue creciendo. Y con la intención de aprender más sobre los procesamientos no conscientes, cuando ya pasaba de los veinte años, entré en contacto con la obra de Sigmund Freud. Pero mientras mis observaciones habían ido dirigidas a comportamientos normales y cotidianos, Freud se centraba en la parte no consciente de las vivencias traumáticas y los anhelos reprimidos, otorgando a la parte no consciente de nuestra mente una manera de funcionar que poco tenía que ver con todo lo que yo había apreciado en mis observaciones.
Después de no encontrar en la obra de Freud lo que buscaba, leí otras obras relacionadas con la inteligencia humana, como Inteligencia emocional (1995), de Daniel Goleman o Estructuras de la mente. La teoría de las inteligencias múltiples (1994), deHoward Gardner. Ambas obras me parecieron tremendamente interesantes porque contemplaban otras formas de inteligencia aparte de la racional, aunque no trataban apenas sobre otra de las cuestiones que más me interesaba: la diferenciación entre los procesos conscientes y los no conscientes. Y de cara a obtener unos conocimientos más sólidos y una visión más amplia de lo que desde el conocimiento científico se sabía sobre el funcionamiento de la mente humana, durante esa época también leí diferentes textos académicos sobre neurociencia, psicofisiología e historia de la psicología.
Paralelamente, yo seguía con mis observaciones y análisis, y pasados los treinta comencé a dar forma a las hipótesis que ahora presento en esta obra. Al no pertenecer a un ámbito profesional en el que se traten estos temas, apenas comentaba con nadie mis ideas, que iba desarrollando de forma bastante aislada. Para poder acabar de organizar estas ideas, cuando rondaba la cuarentena comencé a escribir este libro, lo que también me daría la oportunidad de poder compartir mis hipótesis y someterlas así al juicio y a la crítica de otras personas.
Cuando acabé de escribir el primer borrador, conseguí que el profesor de psicología Ramón Nogueras lo revisara. A través de esta revisión me indicó posibles puntos débiles y lecturas de interés asociadas a determinados aspectos que citaba en mi borrador. Gracias a Ramón Nogueras conocí las obras de varios autores muy interesantes cuya lectura me permitió ampliar mi visión y afinar mis hipótesis. Entre estos autores destacan Daniel C. Dennett o Roger Penrose, que presentan visiones antagónicas sobre la consciencia, o el psicólogo Daniel Kahneman que obtuvo el premio Nobel de economía en 2002. Este último, en su obra Pensar rápido, pensar despacio (2011), también habla de dos modos de procesamiento mental: el del sistema 1, que es más rápido, instintivo y emocional, y el del sistema 2 que es más lento, lógico y racional.
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Resumen del contenido
En cuanto al contenido en sí de mi obra, debo decir que está estructurada en tres partes. En la primera parte intentaremos identificar y definir los diferentes sistemas y mecanismos que supuestamente están implicados en el funcionamiento de nuestra mente. Comenzaremos por analizar cómo se procesa y se organiza en nuestra mente la información que recogemos del exterior, y cómo a partir de este procesamiento se generan los diferentes tipos de respuestas. Mediante estas primeras reflexiones iremos detectando la existencia de muchos procesamientos que se realizan (total o parcialmente) de forma no consciente, lo que nos llevará a analizar más a fondo en qué consiste supuestamente la consciencia y cuál es su relación con la capacidad racional.
Después de estas primeras reflexiones, en el tercer capítulo estableceremos una primera estructura de la mente humana en la que iremos ubicando los distintos departamentos que habremos identificado previamente, analizando a su vez la relación que estos tienen entre sí. Los sistemas sensoriales, la consciencia, el sistema racional y el sistema motor serán los principales protagonistas que quedarán ubicados en esta primera estructura, aunque en ella también dejaremos espacio para ir colocando los distintos sistemas procesadores de funcionamiento no consciente, cuya existencia también habrá ido quedando patente a través de estas primeras reflexiones.
Antes de continuar con la identificación y el análisis de los diferentes sistemas procesadores de funcionamiento no consciente, dedicaremos un capítulo a reflexionar sobre los distintos tipos de conceptos o ideas que se procesan y almacenan en nuestra mente, realizando una distinción entre los conceptos que se pueden considerar racionales y los que no. A partir de las claves surgidas de estas reflexiones sobre los distintos tipos de conceptos, analizaremos a fondo el funcionamiento del sistema racional, para después dedicar varios capítulos a la identificación y análisis del resto de sistemas procesadores que, como iremos viendo, desarrollan la mayor parte de su actividad fuera de la consciencia. Veremos, por ejemplo, cómo el sistema asociativo relaciona de forma espontánea multitud de ideas, conceptos y comportamientos, y cómo la actividad de este sistema es una de las principales bases sobre las que se sustenta la creatividad humana. Dentro de las reflexiones sobre estos sistemas procesadores de funcionamiento no consciente, entre otras muchas cosas, analizaremos también para qué sirven las emociones y cuáles son los mecanismos que las regulan, cómo se gestiona toda la parte espontánea de la comunicación, en qué consiste el llamado oído musical, la diferencia entre el sentido de la orientación intuitivo y la orientación mediante referencias racionales, y un largo etcétera. Finalizaremos esta primera parte con la definición de una estructura más definitiva, en la que ya estarán incluidos todos los sistemas de procesamiento no consciente.
La segunda parte comienza con una metáfora sobre la consciencia, con el objetivo de comprender mejor la compleja relación entre los procesamientos racionales y todas las activaciones y procesamientos que se generan de forma espontánea fuera de la consciencia. Después seguiremos con varios capítulos dedicados al análisis de otros elementos que forman parte importante del funcionamiento de nuestra mente como son la atención, las habilidades, los hábitos, las motivaciones, la memoria y la regulación de la actividad mental. Terminaremos esta segunda parte con un clarificador resumen sobre todo lo visto hasta ese momento.
En la tercera parte nos dedicaremos a reflexionar sobre otras cuestiones más generales e igual de interesantes como, por ejemplo, la influencia de las asociaciones emocionales en el grado de felicidad o bienestar emocional que consigue alcanzar un individuo a lo largo de su vida; o sobre la influencia de la genética en el comportamiento humano; o sobre la importancia de las relaciones afectivas en el desarrollo del individuo. También reflexionaremos sobre cómo se configuran las fobias y cuáles son sus bases de funcionamiento, sobre las diferencias de carácter que se observan entre individuos o sobre para qué sirven las emociones negativas.
De nuevo quiero insistir en que todos los análisis que se realizan en esta obra son meras hipótesis sin valor científico y, por tanto, siendo rigurosos todas las afirmaciones que aquí se plantean deberían ir siempre acompañadas de adverbios como supuestamente o presuntamente. Pero para no complicar más la ya de por sí difícil lectura, prescindiremos del uso constante de estos adverbios mediante esta aclaración introductoria global.
La mayoría de la obra está escrita en primera persona del plural y no en primera persona del singular. Esto me surgió de forma espontánea, quizás porque el objetivo de esta obra es más el de compartir una serie de reflexiones e hipótesis con el lector, que el de explicar evidencias o conocimientos científicos. Tal vez también haya influido el hecho de saberme en cierto modo un profano, ya que no tengo formación académica ni experiencia profesional en psicología, psiquiatría u otras disciplinas directamente relacionadas con el funcionamiento de la mente humana, y utilizar la primera persona del plural me sonaba algo menos pretencioso.
Como ya he comentado anteriormente, la voluntad de esta obra no es informar sobre evidencias científicas, sino que se trata, simplemente, de compartir con el lector una serie de reflexiones e hipótesis. Y teniendo en cuenta la enorme amplitud y complejidad de los temas tratados, es de esperar que se pueda cuestionar la consistencia de algunas de las hipótesis que expongo, y que hasta se puedan plantear sobre ellas diferentes objeciones o matizaciones. Pero, como es lógico, el posible grado de acierto o desacierto de la obra se deberá medir en global y no solo por algunas de las hipótesis en concreto.
Por otro lado, a lo largo de la obra en algunos momentos hago mención de lo que se sabe o se afirma desde el conocimiento científico sobre determinados aspectos de nuestro cerebro o de nuestro comportamiento. Para no confundir al lector, he procurado diferenciar bien cuando menciono algo relacionado con el conocimiento científico y cuando vuelvo al terreno de las hipótesis. Debido a mi falta de formación académica y a mi limitado conocimiento de todo lo que dice la ciencia en relación con la mente humana y con nuestro cerebro, también es de suponer que se puedan encontrar ciertas imprecisiones u omisiones en los comentarios que a lo largo de la obra hago sobre estos conocimientos científicos. Aprovecho esta introducción para disculparme de antemano por estas posibles imprecisiones u omisiones.
En cualquier caso, y más allá de la obligada humildad y de las inevitables dudas que pueda albergar sobre la acogida que pueda obtener esta obra dadas todas las circunstancias descritas, la observación del comportamiento humano y el desarrollo y elaboración de las hipótesis aquí expuestas han supuesto para mí una actividad fascinante, que me dispongo ahora a compartir con todos aquellos que también sientan curiosidad por algo tan cercano y a la vez tan desconocido como es el funcionamiento de nuestra propia mente.
