
Las emociones son diferentes estados adaptativos que sirven para modular el comportamiento del individuo y responder mejor a las distintas circunstancias y necesidades que a este se le presentan. Las emociones pueden ser positivas (generan bienestar en el individuo) o negativas (generan malestar). Cuando nos sentimos bien nuestros pensamientos y actitudes suelen ser más positivos, mientras que bajo la influencia de emociones negativas nos ocurre lo contrario.
En nuestra mente tenemos multitud de asociaciones emocionales que enlazan diferentes ideas o conceptos con la generación de estados emocionales positivos o negativos. Mientras algunas de estas asociaciones emocionales parecen ser de origen genético, otras muchas se establecen mediante las experiencias de cada individuo. Algunas asociaciones emocionales, como, por ejemplo, la sensación de repulsa o miedo que nos provocan las arañas, son comunes a la gran mayoría de individuos. Otras asociaciones emocionales resultan muy personales: por ejemplo, determinados olores como el olor a café, a tabaco o a gasolina pueden provocar sensaciones positivas o negativas según el individuo.
En nuestra mente podemos encontrar millares de asociaciones emocionales enlazadas a multitud de conceptos e ideas diferentes: lugares, comidas, canciones, personas, entidades, ideologías, etc. Estas asociaciones emocionales serán consideradas positivas cuando generen bienestar en el individuo, o negativas cuando produzcan malestar. Además de la positividad o negatividad, las asociaciones emocionales también pueden presentar diferentes niveles de intensidad, según el grado de bienestar o malestar que provoquen en el individuo.
Para referirnos al conjunto de asociaciones emocionales que posee cada individuo, podemos utilizar la expresión configuración emocional. Las configuraciones emocionales pueden presentar un mayor predominio de emociones positivas o negativas. Si se pudieran detectar y cuantificar las asociaciones emocionales mediante un escáner cerebral, podríamos comprobar cómo existen personas con configuraciones emocionales positivas (mayor proporción de asociaciones emocionales positivas), negativas (mayor cantidad de asociaciones emocionales negativas) o incluso neutras.
Aunque de momento no se pueden realizar este tipo de escáneres, sí que podemos apreciar estas diferencias entre personas mediante la observación de su comportamiento. Y mientras se observan personas que presentan un mayor grado de ideas y actitudes positivas, también podemos apreciar cómo en otros individuos predominan los miedos, las manías, las fobias o las actitudes e ideas negativas en general.
Si se pudieran medir y cuantificar las asociaciones emocionales, podríamos establecer una escala para definir la positividad o negatividad de las configuraciones emocionales de cada persona. Así, la ausencia de asociaciones emocionales negativas en una persona arrojaría un valor de +10, mientras que la ausencia total de asociaciones negativas se reflejaría mediante un valor de -10. Si un individuo presenta un equilibrio entre el número (e intensidad) de asociaciones emocionales positivas y negativas, a su configuración emocional se le asignaría un valor de 0. De la misma forma, a la configuración emocional de una persona con un 75% de enlaces emocionales positivos le correspondería un valor de +5, mientras que para una persona con un 60% de enlaces emocionales negativos consideraríamos un valor de -2. La fórmula que se aplicaría para estos cálculos sería la siguiente:
valor de la configuración emocional = (% de asociaciones emocionales positivas / 5) -10
Las personas con tendencia a la depresión o a otras patologías de la conducta suelen presentar configuraciones emocionales de carácter claramente negativo. O, dicho de otra forma, las personas con configuraciones emocionales de predominio claramente negativo tendrán mayor tendencia a sufrir depresión o a mostrar conductas consideradas patológicas. Por el contrario, una persona con una configuración emocional claramente positiva será mucho más difícil que caiga en un estado depresivo. De hecho, este tipo de personas solo podrían padecer una depresión ante un acontecimiento traumático que de forma temporal les haga vivir sensaciones o emociones muy negativas, como ocurre por ejemplo cuando se produce la pérdida de un ser querido.
Esta última reflexión apunta a que también deberíamos considerar las emociones que vive un individuo durante un determinado periodo de tiempo, en lo que podríamos denominar balances emocionales temporales. Estos balances emocionales podrían ser de un día, de un mes, de unos años o de toda una vida, y, como es lógico, afectarían más o menos al individuo en función de su duración y también de su intensidad.
Es importante destacar que, como muchos otros procesos mentales, las emociones se activan de forma espontánea y autónoma, de manera que no podemos controlarlas voluntariamente. De hecho, en algunos casos nos gustaría poder inhibir el efecto de algunas emociones porque vemos que claramente nos perjudican, como ocurre, por ejemplo, cuando nos ponemos nerviosos al hablar o actuar en público.
Mediante estas reflexiones se pueden vislumbrar tanto la complejidad como también la gran influencia que tienen las emociones y las configuraciones emocionales en las personas. Las emociones están presentes en muchos de nuestros comportamientos, afectándonos y condicionándonos de muchas maneras. No obstante, el análisis de las emociones y de todas sus afectaciones es muy extenso y no se puede abordar en un simple post. En mi libro Inteligencia Espontánea puedes encontrar un análisis mucho más profundo sobre las emociones y sobre otros aspectos interesantes del funcionamiento de nuestra mente.
